Amigos: día y noche.

Recientemente me mandaron este corto de animación de Pixar, factoría Disney, el cual encontré simpático y muy gráfico.

Se trata de el encuentro de dos personajes polares, uno es el día y el otro la noche.

Al principio se miran con recelo, con desconfianza sin llegar a comprender lo que cada uno alberga de distinto en sí mismo. Se enfrentan y se pelean. Se desprecian.

Pero algo les motiva a mirarse de otro modo, a acercar posturas y a apreciar las diferencias. Cada cual sigue siendo distinto al otro, pero esa diferencia ya no entraña conflicto sino riqueza: uno aporta la oscuridad, el otro la luz, uno la luna y el otro el sol….

Qué bonito sería poder aprender a convivir con aquello que nos di-ferencia.

 

Cómo el culto a la autoestima está arruinando a nuestros hijos. Lori Gottileb

Por qué la obsesión con la felicidad de nuestros niños podría estar condenándolos a ser adultos infelices. Escribe una terapeuta y madre.

FamiliaSi hay algo que aprendí en la escuela de posgrado es que Philip Larkin tenía razón: “Ellos te joden, tu papi y tu mami. Puede que no quieran hacerlo, pero lo hacen”. En ese entonces, yo era madre reciente y había decidido hacer un posgrado en Sicología Clínica. Con un bebé en mi mente, no podía ignorar las investigaciones sobre lo fácil que es estropear a los hijos. ¿Pero qué significa hacerlo bien? Hice una visita a la sección sobre crianza en Barnes & Noblee y la experiencia fue abrumadora.

La buena noticia es que, según Donald Winnicott, un influyente siquiatra infantil, no hay que ser la madre perfecta para criar hijos bien adaptados. Sólo hay que ser una “madre suficientemente buena”. Me dio alivio saber que habíamos dejado atrás el concepto de “madre esquizofrenógena”: el de una única responsable de que los hijos se vuelvan locos (la literatura dice que la genética -sin mencionar a los padres- juega un papel en determinar la salud mental). Aún así, la investigación era clara: si no entiendes las señales de tus hijos o les das poco afecto, es probable que décadas más tarde terminen en sicoterapia, contando cómo mami hizo esto y cómo papi no hizo aquello.

Nuestro trabajo como terapeutas es “re-criar” a nuestros pacientes, para brindarles una “experiencia emocional correctora”, en la que puedan transferir, inconscientemente, sus sentimientos de daño a nosotros, de modo que podamos ofrecerles una respuesta más empática de la recibida en su niñez.

Al menos, esa era la teoría. Luego comencé a ver pacientes.

Los primeros fueron lo que uno llama “casos de texto”. Cuando contaban sus historias, no tenía problemas para conectar sus sufrimientos con su crianza. Pero luego conocí a Lizzie, una chica atractiva, de veintitantos años, con sólidas amistades y una familia estrecha, pero con un profundo sentimiento de vacío. Me visitó porque “no era feliz”. Y lo peor es que no tenía motivo para no serlo, me decía. Sus padres eran “fantásticos”, tenía dos hermanos fabulosos, un trabajocool y un lindo departamento. No había historial de depresión o ansiedad en su familia. Entonces, ¿por qué tenía problemas para dormir? ¿Por qué era tan indecisa, incapaz de confiar en sus instintos y perseverar con sus opciones? ¿Por qué sentía “como un hoyo en su interior”, navegando a la “deriva”?

Yo estaba perpleja. ¿Dónde estaban los padres abandonadores y caóticos en su vida? A medida que trataba de encontrarle sentido, comencé a recibir más pacientes como Lizzie: adultos entre los 20 y los 30 que sufrían de depresión y ansiedad, que tenían dificultad para comprometerse y que sentían un cierto vacío y falta de propósito. Tenían poco de que culpar a mami y papi. Por el contrario, “adoraban” a sus padres, decían que eran sus “mejores amigos en el mundo”. A veces, incluso eran ellos los que financiaban sus terapias.

Al principio, era escéptica respecto de sus relatos. La infancia, por lo general, no es perfecta, y si la de ellos lo había sido, ¿por qué se sentían tan perdidos e inseguros? Eso iba en contra de todo lo que había aprendido. Pero con el tiempo, me di cuenta de que no era cosa de negación o distorsión de la realidad. Realmente, tenían padres que los cuidaban y que les daban la libertad de “encontrarse a sí mismos”. Padres que los habían ayudado con las tareas y que habían intervenido cuando los molestaban en el colegio, que les hablaban desde sus sentimientos cuando rompían las reglas en vez de castigarles. Eran padres que siempre estuvieron en “sintonía”, como decimos los terapeutas.

Un día se me ocurrió una pregunta diferente: ¿es posible que esos padres hayan hecho demasiado por sus hijos?

Ahí estaba, viendo los resultados reales del tipo de crianza que yo y mis pares estábamos tratando de practicar con nuestros hijos, precisamente para que no terminaran en el sillón de un terapeuta. Hacíamos un enorme esfuerzo por hacer lo correcto, pero lo que parecían versiones adultas de nuestros hijos estaban en nuestras oficinas diciéndonos que se sentían vacíos, confundidos y ansiosos.

Jugando en la calleLa crianza siempre ha sido difícil. En su libro Criando en Estados Unidos: Expertos, padres y un siglo de consejos sobre los hijos, Ann Hulbert recuerda cómo siempre ha existido una tensión entre los varios estilos de crianza (los fijadores de límites, versus los disciplinarios; los centrados en el niño, versus los centrados en los padres) y el péndulo entre ellos a lo largo de las décadas. Pero la meta subyacente de la buena crianza siempre ha sido la misma: educar a los hijos para que se conviertan en adultos felices. Lo que parece haber cambiado es la forma en cómo pensamos la felicidad.

Ya no basta ser feliz. La búsqueda de estado de satisfacción general se ha convertido en la idea de que se debe ser feliz todo el tiempo. “Yo soy feliz”, escribe Gretchen Rubin en El proyecto felicidad, “pero no soy tan feliz como debería”.

¿Cuán feliz debería ser? Rubin no está segura. Ella suena a uno de mis pacientes. Tiene dos padres maravillosos, un esposo apuesto, dos hijos “exquisitos” y, aún así, siente “que algo le falta”. De modo que para contrarrestar la “melancolía”, se ha lanzado en un “viaje de búsqueda de la felicidad”. Pero, “de alguna forma”, escribe, “me he vuelto menos feliz”. Luego cita: “La felicidad no siempre te hace feliz”.

La ciencia social está de acuerdo. Según Barry Schwartz, profesor del Swarthmore College, “la felicidad como meta es una receta para el desastre”. Y es precisamente con ese objetivo que muchos padres se obsesionan. ¿No será posible que al proteger a nuestros hijos de la infelicidad, los estemos privando de la felicidad cuando adultos?

Paul Bohn, siquiatra de la Ucla, cree que sí. Basado en lo que ve en su práctica, cree que muchos padres harían de todo para evitarles a sus hijos el fracaso y la ansiedad más mínima. ¿El resultado? En la adultez sentirán las frustraciones normales como algo terrible. Dan Kindlon, sicólogo infantil, advierte sobre lo que él llama “nuestro malestar con el malestar”: si los niños no experimentan sentimientos dolorosos, no desarrollarán la “inmunidad sicológica”.

Esta se crea de la misma forma que nuestro sistema inmune: “Hay que estar expuesto a patógenos para que el cuerpo sepa responder a un ataque. Los niños también necesitan estar expuestos al malestar y al fracaso. Conozco a padres que llaman al colegio porque el hijo no fue escogido en el equipo de la escuela y cuando son adolescentes, no conocen las dificultades”.

Wendy Mogel es una sicóloga clínica que, luego de escribir La bendición de una rodilla rasmillada, se convirtió en consultora educacional. Ella me contó que decanos de universidades han advertido sobre el creciente número de recién ingresados que calzan dentro de lo que llaman “tazas de porcelana”. Son tan frágiles que colapsan cada vez que algo no les sale como quieren. “Padres con buenas intenciones han estado metabolizando la ansiedad de sus hijos durante toda su infancia”, dice Mogel, “de modo que luego no saben cómo manejarla”.

Según Jeff Blume, sicólogo familiar, “un niño necesita sentir una ansiedad normal para ser resiliente. Si queremos que nuestros hijos crezcan y sean independientes, debemos prepararlos para que nos dejen algún día”. Pero Blume cree que muchos no queremos que así sea, porque dependemos de ellos para llenar los vacíos emocionales en nuestras propias vidas. Sí, dedicamos mucho tiempo a nuestros hijos, ¿pero en beneficio de quién? “Confundimos nuestras necesidades con las de ellos”, dice.

“Hay una diferencia entre ser amado y estar constantemente monitoreado”, dice Dan Kindlon. Pero él también admite que lucha con ello: “Estoy por tener mi nido vacío y a veces me gustaría quemar las postulaciones a la universidad de mis hijos para tener a alguien con quien estar. Hoy estamos más aislados como adultos y nos gusta pasar el tiempo con nuestros hijos. Esperamos que nos vean como sus mejores amigos, que es muy distinto a los padres que deseaban que sus hijos los apreciaran”.

Las largas jornadas laborales no ayudan. “Si tienes 20 minutos al día para pasar con tu hijo”, pregunta Kindlon, “¿te atreverás a retarlo para que ordene su habitación? No fijamos límites, porque queremos que nuestros hijos nos quieran en todo momento, aunque para ellos sea mejor no soportarnos en ciertas ocasiones”.

Meses atrás hablé con Jean Twenge, coautora de La epidemia narcisista. Me dijo que no era sorprendente que algunos de mis pacientes contaran haber tenido infancias felices, pero sentirse perdidos e insatisfechos. Cuando los padres exclaman, “¡gran trabajo!”, no sólo la primera vez que el niño se pone los zapatos, sino cada vez que lo hace, él sentirá que todo lo que hace es especial. Si lo premian por el “buen intento” cada vez que participa en algo, nunca obtendrá feedback negativo (todos los fracasos son “buenos intentos”). Según Twenge, los índices de autoestima han crecido consistentemente desde los 80 en los jóvenes.

Pero lo que parte como una sana autoestima puede transformarse en una visión inflada de uno mismo, muy parecida al narcisismo. De hecho, las tasas de narcisismo entre los estudiantes universitarios han crecido junto a las de autoestima. También las tasas de ansiedad y depresión. ¿Por qué? “Los narcisistas son felices cuando jóvenes, porque son el centro del universo”, explica Twenge. “Sus padres son como sus sirvientes. Les dicen constantemente lo especiales y talentosos que son. Esto les da una visión inflada de sí mismos, en comparación con otras personas. Entonces, en vez de sentirse bien consigo mismos, se sienten mejores que el resto”.

En la adultez, esto se vuelve un problema. “Quienes se sienten especiales terminan alejando a los que están a su alrededor”, dice. “No saben cómo trabajar en equipo o manejarse con límites. No les gusta que el jefe les diga que su trabajo podría mejorar y se sienten inseguros si no obtienen constantes alabanzas. Han crecido en una burbuja, de modo que cuando salen al mundo real comienzan a sentirse perdidos e indefensos. Los niños que siempre tuvieron alguien que les resolviera sus problemas creen no saber cómo resolverlos. Y tienen razón, no saben”.

Le pregunté a Wendy Mogel si una forma más gentil de abordar esto permite crear niños menos centrados en sí mismos. No, me dijo. Todo lo contrario: los padres que les evitan a sus hijos un feedback real, lo que les están diciendo es que se merecen un tratamiento especial: “Un director de una escuela primaria me contó que un padre le pidió a un profesor no usar lápiz rojo para las correcciones, porque sentía que los niños podrían molestarse al ver tanto rojo en sus páginas”. Y paradójicamente, toda esta preocupación sobre crear una baja estima es la que ayuda a perpetuarla.

Actualmente, dice Mogel, o los niños tienen problemas de aprendizaje o son talentosos o ambos, pero no hay niños promedio. Cuando ella comenzó a realizar tests sicológicos en los 80, le complicaba decirles a los padres que su hijo tenía problemas de aprendizaje. Ahora, los padres prefieren creer que su hijo tiene problemas de aprendizaje que expliquen un desempeño menos que estelar. Prefieren eso, a pensar que su hijo es del promedio. “Creen que ser ‘promedio’ es malo para la autoestima”.

La ironía es que las mediciones de la autoestima son malas predictoras de cuán contenta será una persona, en especial si proviene de alabanzas constantes en vez de logros merecidos. Según Twenge, las investigaciones muestran que mejores predictores son la perseverancia, la resiliencia. Pero según profesores que conozco, los niños ya no aprenden estas habilidades.

Barry Schwartz cree que los padres bien intencionados les dan a sus hijos tantas opciones, que llegan a sentirse paralizados. “La ideología de nuestra época es que elegir es bueno y mientras más opciones, mejor. Pero hemos descubierto que eso no es verdad”, dice.

En un estudio realizado por Schwartz, se establecieron dos grupos de niños al azar y se les pidió que dibujaran. Un Prodigiogrupo debía escoger un marcador de entre tres; a los del otro, que lo hicieran entre 24. Luego, los dibujos fueron evaluados por un profesor de arte, quien no sabía qué grupo los había hecho. Los cuadros “peor” evaluados fueron lejos los del grupo con 24 marcadores. Luego, los investigadores les pidieron a los niños que eligieran un marcador como regalo. Luego, trataron de convencerlos de que los devolvieran a cambio de otros regalos. Los que habían escogido de entre los 24 marcadores cedieron más fácilmente. Según Schwartz, esto sugiere que los niños que tenían menos para elegir no sólo se enfocaron mejor en sus dibujos, también se comprometieron más con su elección original.

¿Qué tiene esto que ver con criar a los hijos? Los niños se sienten más seguros y menos ansiosos con menos opciones, dice Schwartz. Esto les ayuda a comprometerse con algunas cosas y desprenderse de otras, una habilidad que necesitarán en la vida.

“Los estudios muestran que las personas se vuelven más satisfechas cuando luchan por algo, y que aquellos que siempre necesitan tener alternativas se quedan atrás”, dice Schwartz . “No estoy diciendo que no dejen que sus hijos intenten con varios intereses o actividades. Denles alternativas, pero dentro de lo razonable. Muchos padres les dicen a sus hijos: ‘Puedes hacer lo que quieras y dejarlo cuando quieras, puedes intentar con esta otra cosa si no te sientes 100% satisfecho’. No es extraño que también vivan de ese modo cuando son adultos”. El ve esto en sus estudiantes de Swarthmore. “No pueden soportar el pensamiento de que al decir que sí a un interés u oportunidad le están diciendo no a otra cosa”.

Según Mogel, lo que los padres están creando son niños ansiosos a quienes describe como una “realeza discapacitada”. Como madre, conozco muy bien todo esto. Nunca le dije a mi hijo: “Aquí tienes tu sándwich de queso derretido”. Le decía: “¿Quieres queso derretido o barritas de pescado?”. A veces, cuando se enojaba por tener que ir de compras, en vez de pelear con él y meterlo en el auto, le daba una opción: “¿Quieres ir a Trader Joe’s o a Ralphs?”. Pero luego de fijar este paradigma, no podíamos hacer nada, a menos que él tuviera una opción. Un día cuando le dije, “por favor, colócate los zapatos, ya que vamos a Trader Joe’s”, me respondió: “¿Cuáles son mis otras alternativas?”. Le dije que no las había, que teníamos que ir directo a esa tienda. “¡No es justo si no tengo que decidir!”, reclamó ingenuamente.

Cuando tenía la edad de mi hijo, no podía escoger el menú o adónde ir los fines de semana. Había algo de negociación, pero no mucha. No esperábamos tener que elegir mucho, por lo que esto no nos molestaba hasta ser mayores, cuando estábamos listos para manejar la responsabilidad que eso conlleva. Pero ahora, dice Twenge, “tratamos a nuestros hijos como adultos cuando son niños, y los infatilizamos cuando tienen 18 años”.

Como muchos de mis pares, siempre pensé que darles alternativas a los niños les brindaría un valioso sentido de empoderamiento. Pero las investigaciones de Barry Schwartz muestran que es probable que demasiadas opciones hagan sentirse a las personas más deprimidas e impotentes.

Subyacente a toda esta angustia parental, está la creencia de que si decidimos de un cierto modo, nuestros hijos terminarán siendo no adultos felices, sino que adultos que nos hacen felices. Esta es una noción equivocada, porque si bien la crianza importa, no altera completamente la naturaleza, y diferentes tipos de crianza funcionarán para distintos tipos de niños (lo que explica por qué los hermanos pueden tener experiencias muy distintas, a pesar de vivir bajo un mismo techo).

Podemos exponer a nuestros hijos al arte, pero no podemos enseñarles creatividad. Podemos tratar de protegerlos de molestos compañeros de curso, de las malas notas y de sus propias limitaciones, pero finalmente se toparán de todos modos con estas cosas. De hecho, al tratar tan duramente de brindarles una infancia perfectamente feliz, les estamos haciendo más difícil crecer. Quizás nosotros los padres seamos los que tengamos que crecer un tanto.

Como le gusta decir a Wendy Mogel: “Nuestros hijos no son nuestras obras maestras”.

Por cierto. Recientemente, me di cuenta de que uno de mis pacientes, luego de un par de sesiones, había comenzado a sentirse incómodo. Le pregunté y admitió que se sentía ambivalente respecto del tratamiento. ¿Por qué?

“Mis padres lo sentirían como un fracaso si supieran que estoy aquí. Pero al mismo tiempo, estarían contentos, porque quieren verme feliz. De modo que no estoy seguro si se sentirían aliviados porque he venido, o decepcionados porque todavía no soy feliz”.

Hizo una pausa: “¿Entiende lo que quiero decir?”.

Asentí como una terapeuta y le respondí como una madre que se imagina a su hijo luchando con esa misma pregunta algún día. “Sí”, le dije a mi paciente. “Sé exactamente lo que quiere decir”.

Artículo tomado de: http://www.psicologiamundial.com/como-el-culto-a-la-autoestima-esta-arruinando-a-nuestros-hijos/